Viaje a la Alcarria

febrero 4, 2014 en Castilla la Mancha, España, Península ibérica

Hay tierras que, aun siendo poco conocidas, aunque pocos las elijan como su destino turístico preferido, enamoran.

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Uno de esos avezados viajantes que caminaron por sus deshabitados parajes y grandiosos paisajes fue Camilo José Cela. De él, como homenaje de una tierra que quiere y que le quiere, tomamos el nombre para un humilde y raudo viaje a la Alcarria, y que seguramente no sea, sino parte de una serie de periplos por tierras guadalajareñas. Nuestro día empezó en Cívica, un fotogénico despoblado a unos kilómetros de Brihuega, cerca de Yela.

Y entre tobas calcáreas y pequeños saltos de agua, surge una curiosa construcción, impresionante al primer golpe de vista, que, erigida sobre un terreno no parco en historia,  no constituye más una casa de reciente pasado, abandonada en medio de algo muy parecido a la nada más absoluta, puesto que el caserío o poblado de Cívica está habitado por únicamente 7 personas. 6

De ahí salimos hacia Brihuega, que sería nuestro plato principal de la jornada.

Ya la visitamos en diciembre, con razón de la ruta temática acerca de los misterios briocenses, pero volvimos a recorrer sus murallas, sus arcos, el de Cozagón y el de la Guía, o su tardo-románica iglesia de San Felipe.

Atravesamos el pueblo para llegar a la Plaza del Coso, el centro de la urbe, para adentrarnos en las cuevas árabes.

Estas cavidades datan del s.X y XI, y servían de salida extramuros en el caso de que Brihuega fuera sitiada. Cada vecino tenía una cueva que conectaba más allá de las murallas. Se calcula que bajo el frio suelo briocense hay más de tres km de galerías, de las cuales han sido rescatadas unos 700 metros, gracias a la familia de la carnicería Hermanos Gutiérrez, que compraron varias fincas anexas, y las mantienen abiertas a los turistas a día de hoy. Las demás son propiedad privada y no se pueden visitar, suponemos que varias se habrán tapiado o simplemente olvidado por el desuso continuado en el tiempo. El resultado es una compleja y laberíntica serie de cuevas, de galerías, que se entrecruzan hasta conseguir desubicar al que las transite sin poner excesivo cuidado.

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En una de esas galerías podemos ver un grupo de arcadas visigodas, más allá de la cual está cegado el acceso, y donde se cree, existe una galería directa que conduce al castillo de la villa.

Y dirección al castillo nos fuimos, aunque no por las profundidades, sino siguiendo la senda habitual, a plena luz, y, buscando una buena foto, ya cerca del castillo, nos topamos con un señor, ya arraigado en años, que nos ayudó en la búsqueda.Captura de pantalla 2014-02-05 a la(s) 01.25.05

Ven pa’ aca” nos decía el afectuoso señor Juan, que nos llevaba de un lado a otro, mostrándonos cosas curiosas del lugar.

Nuestro particular Cicerone nos animó a adentrarnos tras sus pasos, en interior del castillo, o mejor decir cementerio de la peña Bermeja, un curioso conjunto de castillo-cementerio-morgue que no deja indiferente a ningún visitante que se anime a descubrir que tras su leyenda de la peña hay mucho más escondido.

Hemos estado en muchos castillos, pero ninguno como el de Brihuega. La fortificación se había convertido en un cementerio, o incluso sería más apropiado decir que en dos. Uno en el patio de armas, y otro, ya dentro del castillo.

Todo el suelo está regado por lápidas, muchas rajadas y rotas y el patio central está compuesto por tumbas de un aspecto un tanto gótico, en su mayor parte corresponden del s.XIX. Sin duda alguna es un lugar fotográficamente impresionante.

Curiosa sensación, como la de meterse en otra época totalmente distinta. Allí el señor Juan nos iba mostrando tumbas curiosas, las de los tres niños pequeños que murieron en julio de 1885 por el tifus, un hombre asesinado a principios de siglo, la semántica de los apellidos, y hasta dónde podemos ver lo poco que queda de las pinturas mudéjares originales del castillo, y dónde se encuentra la Capilla de homónimo estilo.111

Tras unos cuantos paseos, el señor Juan nos emplazó para una segunda visita, y emprendió rumbo a casa, y nosotros nos encaminamos hacia el convento de San José, o por decirlo de otra manera, al museo de miniaturas del profesor Max.

Juan Elegido Millán, más conocido como Profesor Max, fue uno de los más reconocidos hipnotizadores y mentalistas de la época, entre las décadas de los 40 y los 70. Con sus hipnosis colectivas, o las que realizaba por teléfono, pionero en estas lides, se ganó una labrada reputación. 12

De su afición a viajar, surgió la idea de crear una colección de lo que iría recabando en los distintos países por los que deambulaba y trabajaba, y ante la imposibilidad de traer de vuelta objetos grandes, se trajo los  más pequeños que encontraba. De ese simple hecho, nace una colección que llegó a tener 35.000 piezas, y entre las que hoy podemos ver objetos tan curiosos como una pajarita de papel, una de las más pequeñas del mundo, hecha por Miguel de Unamuno, gran aficionado a la papiroflexia; o la Última Cena de Leonardo pintada en un grano de arroz; o perfectos cuadros en la cabeza de un alfiler. Un recorrido impresionante por el mundo de la miniatura, que encuentra en este precioso y moderno museo uno de los mejores exponentes a nivel mundial.15 14

Con la boca aún abierta caminamos, buscando vistas más allá de las murallas, y nos dirigimos a la Fuente de los 12 caños. Además de lo que su nombre indica, es un lavadero tradicional, con horarios determinados, para que los vecinos vayan también hoy en día a lavar sus atavíos, en la piedra y con el frescor del agua, y del que, aun sin saber exactamente desde qué fecha está, se sabe que fue prácticamente destruido con la Guerra Civil y reconstruido posteriormente en 1940.

Ya nos alejamos de este hermoso pueblo, con sus medievales calles, su curioso castillo, y las historias vivientes de los que labran una tierra formada por el desdichado olvido.

Torija es nuestra parada más corta, puesto que sólo visitamos su castillo. Fortaleza de los Mendoza del s.XV y que hoy es un Centro de Interpretación Turística de la Provincia de Guadalajara.10

Allí nos topamos con la rica historia de esta región, con sus manjares, sus tradiciones, sus monumentos, desde los diablos de Luzón hasta el sepulcro del Doncel de Sigüenza.

Un centro bastante bien explicado, ameno y diáfano, que nos propinó esa punzada interior necesaria para volver a estas tierras para visitar sus remotas fiestas y ritos.

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Y la última parada fue Hita, oscurecido ya por el sol invernal que quería ocultarse. Allí nació nuestro famoso Arcipreste, autor del Libro del Buen Amor, y por allí caminamos bajo el frio y la soledad de la noche, emplazándonos a nosotros mismos a una próxima visita, en sus maravillosamente ambientadas Jornadas Medievales.8