Pueblos de todos los colores

noviembre 24, 2016 en Castilla y León, España, Península ibérica

El invierno se acerca, y con el frío las escapadas suelen reducirse. Sin embargo a nosotros el frío nos invita a los pueblos, al olor de las chimeneas, a cobijarse para tomar un chocolate caliente, o comer en un restaurante algo suficientemente calórico como para aguantar la jornada. Y eso nos encanta.

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Y en Segovia hay pueblos para todos los gustos, con un encanto tremendo como: Pedraza, Sepúlveda, Turégano, Cuéllar…y también hay pueblos de todos los colores, literalmente.

Nuestra ruta empieza en Riaza, lugar que ya habíamos visitado en otra ocasión “íbera” y que esta vez nos sirve de puente para adentrarnos en otros.

De la gran ciudad a pasear por Riaza es un cambio de filosofía, un monumento a la tranquilidad, a la paz, a otra manera de hacer las cosas, mucho más personal que en las grandes urbes.

Tras pasear por este pueblo, uno de los más grandes de la sierra de Ayllón, nos encaminamos a lo que se denominan los pueblos rojos, los pueblos negros y los pueblos amarillos.

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En ese saliente segoviano, rodeado por Soria y por Guadalajara, ubicado al norte del precioso hayedo de Tejera Negra, se encuentran los pueblos, o casi pequeñas pedanías que visitaremos.

Y empezamos por los rojos, cuyo color viene de la tierra arcillosa, entrando por Villacorta, que si bien es cierto que entre la modernidad y la esencia, sí es cierto que guarda unas cuantas casas del más corte típico de pueblo y con mucho encanto.

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Madriguera es otro de esos pequeñísimos pueblos cobrizos que aparecen a este lado de la sierra de Ayllón, y que parece transportarte a otras épocas. No parece que haga tanto desde que sus calles dejaron de ser caminos de tierra y pasaron a tener pavimento, y sin duda nos podemos imaginar cómo ha sido la vida aquí hasta hace bien poco.

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Hicimos un soleado recorrido por Madriguera, otro pueblo de color greda cobriza, que, curiosamente, estaba bastante animado, había turistas y varias personas visitaban el cementerio adosado a la iglesia mayor del pueblo. El sol parece apretaba pero intuimos que aquí los inviernos son duros e inclementes. Sin cobijo del viento y en un enclave sin demasiada vegetación cercana, las heladas deben ser dignas del más duro de los gulags. Pero el día acompañaba y nos permitió disfrutar de toda la riqueza cromática de esta comarca tan desconocida y mágica.

La siguiente parada es El Muyo, toda una máquina del tiempo de pizarra negra por la que da gusto pasear. Nos recordará, como es normal a los pueblos negros de Guadalajara, que si trazásemos una línea recta, encontraríamos a tan sólo 17km, aunque la imposibilidad de cruzar la sierra y el hayedo, convierten a esos  17km en 1h 30min de camino en coche.

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Tras visitar El Muyo, conocemos otros pueblos de alrededores, como el rojo Serracín y el negro Becerril, para llegar a Alquité, uno de los pocos pueblos amarillos. Paseamos por unas calles desérticas y escuetas para salir en varias direcciones a las arboledas que parecen rodear el lugar. Nos paramos unos instantes a escuchar el silencio, hacemos unas fotos, y con cierta melancolía nos proponemos seguir la ruta hacia el mirador de Peñas Llanas, desde el que se obtiene una magnífica panorámica con el otoño ya bien entrado, donde los árboles se visten de llamativos colores, antes de dejar caer sus hojas ante el viejo Invierno. Estamos muy cerca de la ermita de Hontanares, un agradable claro en medio de la arboleda donde merendar y pasar la tarde.

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Las posibilidades que ofrece la provincia son varias y todas encantadoras, la medieval Ayllón, Maderuelo con su espectacular puente, regresar a Riaza… Nosotros decidimos decantarnos por pasear por un pueblo que nos encanta, Sepúlveda, antes de poner rumbo a Madrid. (Y comermos algunos dulces artesanos, como las perrunillas, todo sea dicho).

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Y es que no hay nada más sano y que mejor siente que el noble arte de pueblear.