Nevada Castilla I

febrero 19, 2015 en Castilla y León, España

El invierno es una época para refugiarse del frío, para planear futuros viajes en fechas más agradables, pero no para nosotros.

Volvimos a la carretera, y qué mejor que ir a Burgos en medio de un temporal de nieve que azotaba nuestra piel de toro.

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Pero el terreno que encontramos distaba mucho de esa apocalíptica Siberia con la que pintaban a Burgos y a Palencia en las noticias.

El primer día fue a parar a la ciudad donde duerme El Cid Campeador, custodiado bajo el espectacular cimborrio de la catedral, obra maestra del gótico y Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Allí paseamos junto al Arlanzón, vimos el Arco de Santa María, la obligada catedral, y por supuesto, degustamos unas buenas tapas, que no sólo de historia vive el hombre.

Pero nuestro viaje nos llevaba a Burgos con otra intención. Reunirnos con Silverio Cavia, o como es más conocido, Neønymus.

Su mágica música nos fue llevando hasta Covarrubias, un precioso pueblo medieval bañado por las aguas del río Arlanza. Una vez allí, nuestro queridísimo cicerone nos condujo por la historia, por cascadas, desfiladeros, nieve, y… alma.

Nuestra primera cita fue la naturaleza helada de una cascada a la que llaman el “Churrión”, bajo la atenta mirada de los buitres. Entre los buitres y nosotros, cavada en el lienzo norte de la montaña, la llamada Senda de los Moros, que realmente es una oculta y colosal obra, un acueducto, para el cual, los romanos, colgados de cuerdas, horadaron la roca.

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Esta antiquísima canalización, que llevaba agua hasta la pedanía de La Solarana, se puede apreciar desde la cercana ermita de Nuestra Señora de las Naves. Desde allí vemos el cortante, de simetría imposible, bajo la sombra tranquila de los señores del aire, que se impulsan en círculos con cada golpe de viento.

Y de naturaleza va la cosa, porque de allí nos fuimos hasta el desfiladero de la Yecla, un maravilloso cortante, producto del trabajo durante cientos de miles de años del arroyo “El Cauce”.

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De nuevo el buitre leonado arriba, observando, mientras nosotros andábamos (y nos resbalábamos) en la gélida penumbra.

Casi sin respirar, y en un abrir y cerrar de ojos, aparecimos en medio del páramo nevado, y una ermita se erguía tímida pero orgullosa. Más de mil años de historia han visto estas piedras, que se levantaron en el año 924 sobre, lo que parece ser, era un asentamiento romano (y a su vera, en el rio Mataviejas, se puede ver lo que era el Puente Romano, que hoy en día está tan restaurado, [y tan mal restaurado], que ni lo parece). Si algo nos queda claro, es que los antiguos nunca escogían los lugares ad libitum, y menos los enclaves sagrados donde reverenciar a los dioses.

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Nos despedimos de la citada ermita mozárabe de Santa Cecilia, de ella y de sus múltiples y centenarios petroglifos.

Se aproximaba la hora de comer y el sol aliviaba un poco el frío que se respiraba por esos páramos burgaleses tan poco frecuentados por el turismo convencional, así que decidimos que era hora de hacer un alto en el camino y dejar que se abriera el apetito porque la tarde que nos esperaba prometía ser realmente estimulante…

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