Navegando en el corazón de Madrid

agosto 17, 2014 en España, Madrid, Península ibérica

Agosto. El asfixiante aire madrileño: seco, duro, contaminado, nos invita a movernos. Por suerte, Madrid nunca duerme, y la ciudad siempre está viva y dispuesta para el paseante, y más aún para el que sabe buscar.

Una urbe despierta, en un día donde los museos suelen estar durmiendo. Es lunes de descanso. Pero no para el Museo Naval.


Gracias a la generosidad infinita y a una apertura de miras, que piensa, que una colección así es para enseñarla, para darla a conocer, para que la descubramos. Algo que, por anecdótico que parezca, es la antítesis de la gran mayoría de museos; siempre vigilantes de que no se hagan fotos, o si se hacen, no se publiquen. Como con un miedo irracional a que la gente deje de visitar un museo que, aunque por patrimonio, les pertenece a los que los guardan con celo, a nosotros también.

Así pues, nos sentimos muy queridos cuando nos abrieron las puertas del Naval para nosotros solos, y así poder bucear en el silencio de sus salas, admirar sus cuadros, descubrir sus sorpresas y tesoros, y hacer un reportaje sobre él. Así pues, ¡Al abordaje nos fuimos!

La capital tiene mar, y su buque insignia es este museo, militar, pero abierto para todos. Tristemente, desconocido para muchos, que pasan frente a las inmediaciones del Palacio de Comunicaciones, la diosa Cibeles, o el enigmático Palacio de Linares, sin percatarse, de que a tan sólo unos metros; las proas, los mástiles, los globos terráqueos y los sextantes, se extienden en un delicado y completo museo dedicado al mar y a sus guardianes, mascarones custodios de nuestra Historia, en un país empeñado en olvidar a sus héroes e ilustres personajes, como con miedo de sentirse con el pecho henchido de orgullo por aquellos que lo dignificaron.

Entre conversaciones con nuestra cicerone, acerca de esto último: de Jorge Juan, de Blas de Lezo, o de otros tantos que aguardan en el silencio del tiempo; paseando entre cuadrantes, cartas náuticas, o astrolabios; llegamos, no sin antes vislumbrar magníficos modelos navales, (en gran parte donados por la Casa Real), a la exposición sobre el último viaje de la Fragata Mercedes, famosa en los últimos tiempos por ser el objeto de pugna entre Patrimonio y Cultura de España, con la empresa caza-tesoros Odyssey, quien, sin respetar que el pecio formaba parte de un cementerio marino, (pues hablamos del hundimiento de un buque de guerra), fondeó el suelo de las costas próximas a Cádiz en busca de oro, monedas y tesoros españoles.

Cinco de Octubre de 1804. Cuatro buques de la Armada: Medea, Fama, Clara y Nuestra Señora de las Mercedes se disponían a arribar a costas españolas tras un viaje de 15.000 km desde Montevideo (Uruguay), de donde partieran dos meses antes. Apenas 15 ó 20 leguas las separan de su destino. 

Se encontraban frente al Cabo de Santa María, en el Algarve portugués, con la vista puesta en Cádiz; y con oro, plata, especias, y más de una tonelada de quina en sus bodegas, que serviría de medicamento para paliar la epidemia de fiebre amarilla que campaba a sus anchas por la península y el continente europeo.

Eran las 08:00 de la mañana y soplaba un viento fresquito del NNE, cuando cuatro fragatas inglesas, HMS Medusa, HMS Lively, HMS Amphion, y HMS Indefatigable, dirigidas por el Comodoro Sir Graham Moore, se aproximaron y dispusieron en zafarrancho paralelo a cada una de las españolas (ya colocadas amura a babor), para preguntar procedencia y destino.

Eran tiempos de paz y España conservaba una posición de neutralidad respecto a Gran Bretaña, con que nada hacía presagiar lo que le ocurriría a nuestras fragatas, sensiblemente en desventaja logística y de armamento. El teniente Ascott, ordenó, a viva voz, desde Indefatigable (un navío rebajado), a las naves españolas que detuvieran el rumbo y expuso su intención de conducir a la escuadra española a puerto británico, aún a costa de combate. 

Ante la sorpresa y negativa de nuestras naves, el HMS Medusa, sin esperar resolución de consejo de guerra, inició, sin previo aviso, un ataque de cañonazos con bala, al que siguieron sus naves hermanas, ante la perplejidad de los españoles.

Presumiblemente, en el rifi-rafe, una bola caliente inglesa, utilizada en acciones de piratería, impactó sobre la Mercedes, cayendo sobre su Santabárbara o pañol de pólvora, haciendo saltar por los aires la fragata, cuyos restos se hundieron sin remedio, ante la impotencia del resto de naves españolas.
Tras ello, la Medea quedó a merced de Indefatigable y Amphion, que la asediaron a cañonazos desde babor y estribor, hasta que finalmente, nuestro magnífico cronista y Brigadier, José de Bustamante y Guerra, arriase la bandera. Serían las 10:30 am. Minutos después, la fragata Clara fue obligada a rendirse.

La Fama intentó aprovechar su destacada posición y su velocidad y se batió ferozmente en retirada, forzando la vela, pero unas horas después fue capturada. En consecuencia, como resultado, las tres fragatas supervivientes fueron conducidas, junto con sus pertenencias, al puerto de Portsmouth.

Tras esta vil escaramuza, España declaró la guerra a Gran Bretaña, con la que se encontraría un año después en Trafalgar, en lo que fue una desastrosa y caótica estrategia francesa, nuestra aliada, y que costó la derrota y declive del reino de España, pues ya no recuperó la gloria tras esa señalada fecha; gracias, en gran parte, a nuestros “aliados”, quienes nos invadieran 3 años después, de manera tan despreciable como fue hundida la Mercedes.

Cuántas historias olvidadas, y otras tantas que parece, queremos relegar, como si no pudiésemos estar orgullosos de gran parte de nuestra propia Historia. Gracias a exposiciones como las del Naval, esas páginas nunca serán destruidas.

Volviendo al presente tras el chapuzón por la Historia, pasamos por otras, no menos importantes, maravillas, como el famoso mapa de Juan de la Cosa, de 1500, armas indígenas de la zona de Pacífico, con un aspecto amenazador y tribal a partes iguales, o un montante (mandoble) de coronación, que guarda custodio el cuadro de la Batalla de Lepanto, tan gloriosa y conocida, sobretodo por ser la que dio origen al más curioso apodo de D. Miguel de Cervantes. Sólo unas pequeñas pinceladas de la ingente cantidad de piezas únicas y de incalculable valor y simbolismo que guarda el Naval de Madrid.

Y sin más animo de desvelar los secretos, o de destapar el museo, os animamos a que os sumerjáis en las frías aguas de un mar de Historia, del que saldréis bien empapados, ahora que ahí fuera, aguarda tanto calor.

Para saber más:

Fundación Museo Naval

Fragata Mercedes. La razón frente al expolio 

La Ultima comision de la frata Mercedes

Singladuras. Combate Cabo de Santa María