Pueblos negros. Se aleja el invierno

abril 15, 2015 en Castilla la Mancha, España, Península ibérica

Por fin parece que nos resarcimos del frío, a pesar de días tan invernales y lluviosos como estos últimos. -Aquí viene el sol- y viene a traernos su abrigo, a arroparnos y darnos esa luz mediterránea tan cotizada.

Pero antes de ello , en los días más fríos de enero, nos adentramos en una, ya de por sí, gélida región.

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En el norte de Guadalajara, bajo las fauces de la sierra de Ayllón, en una zona bastamente despoblada, nacen los que llamamos -pueblos negros- .
Su nombre se basa en una característica común, todos sus edificios están construidos en pizarra, lo que confiere a estos pueblos un tono dramático, al que siempre ayuda su constante cambio meteorológico, del sol a la lluvia en un abrir y cerrar de ojos, en parte culpa de su cercanía a esos macizos que se alzan enormes, y nevados como en nuestro viaje.
Otro nexo de unión es el pico Ocejón, columna y vértebra inquebrantable, que nos regala su paisaje y nos condena con sus vientos.

De todos los pueblos que integran la ruta de la “arquitectura negra”, daremos el dato de que el que más población cuenta es Campillo de Ranas, con un total de 180 habitantes.
Parecen pocos, pero estamos hablando de una inmensidad si lo comparamos con los demás, con una media de 20 o 30 pobladores, y eso los que tienen suerte de seguir con habitantes.

Otros muchos, como Pedehuste, El Rayo, y otros tantos, son hoy en día despoblados.

Tremenda pena la de un pueblo que muere, condenado, olvidadas sus costumbres, perdidos sus recuerdos, las sonrisas de aquellos niños que jugaban en su plazuela, el mozo que se enamoró, el sudor del campesino que amaba su pueblo. Todo descansa bajo una capa de polvo y desasosiego. Reminiscencia de una España que en 50 años dejó el campo y la tranquilidad y se encaminó al trabajo en las grandes urbes, sucias, contaminadas, y casi hacinados en pisos, como si fueran colmenas.

Hoy en día se está haciendo una labor de recuperación de estos pueblos, como Umbralejo o La Vereda, donde todavía no llegan carreteras, son caminos solo aptos exclusivamente a caballos o a 4×4.

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Por supuesto, aquí no hay cobertura telefónica, salvo para Movistar si mal no recordamos, y en algunos puntos estratégicos para otras compañías.
Olvídense de la ciudad, de las prisas y de las carreteras de doble sentido (calculen que para hacer unos 30km, se puede llegar a tardar 50 minutos), y sumérjanse con nosotros en esta tierra de paz… y frío.

Nuestro centro de operaciones fue Zarzuela de Galve, una aldea, pedanía de Valverde de los Arroyos, con 9 habitantes, en el lado este de la ladera del Ocejón.
Allí nos alojamos en una casa rural a todo lujo, La Alquería de Valverde. Toda una parte de la finca, con cocina, baño, salón y habitación individuales, y que, ociosos nosotros, tendremos que reconocer que la elegimos por tener chimenea y baño con hidromasaje. _47B8465
Y gran acierto de casa. Nada más llegar, grata sorpresa, un bizcocho casero hecho por la dueña y mermelada también casera nos esperaban en la cocina, una buena provisión de leña debajo de la chimenea, zumo y leche en la nevera, y todo lo que hiciese falta.
Con sitios así, a veces uno desea volver al invierno y saborear de nuevo los olores de la leña quemada y disfrutar con el leve paso del tiempo, sentado en el sofá, leyendo un libro, al calor de la llama de la madera. Y más si uno corre las cortinas y se encuentra con el Ocejón cara a cara, como nos ocurrió a nosotros.

Como decimos, el tiempo se detiene. Hay que ser conscientes de ello, y saber disfrutarlo, y como tal, nuestra ruta fue muy distinta a tantas otras, que nos hacían cabalgar rápidos de un lado a otro.

El sólo hecho de estar ya merece la pena, así que nuestros esfuerzos fueron calmos, no obstante, como nuestra pasión es la tierra nuestra, sus gentes y sobretodo sus pueblos, hicimos parada en Majaelrayo, Roblelacasa, El Espinar, Campillejo, Campillo de Ranas, donde compramos cómo no, miel, y propóleo (que sabe a rayos pero cura cualquier cosa), y de vuelta a nuestra particular “gran ciudad”, Valverde de los Arroyos (99 habitantes).

Allí vimos una curiosa tradición, y es que en la plaza del pueblo, se amontonan troncos, ramas y leña en general, haciendo una pila de varios metros de altitud, que queman en las fiestas de San Ildefonso (24 de enero a las 00:00). Una inmensa masa de llamas que nos atrapa. Esa propiedad tan mágica, mística e hipnotizante que tiene el fuego. Cuando uno está tan cerca de él, mirando a los ojos, siente algo que le eriza el pelo, como una llamada interior a nuestros ancestros. De fondo suenan dulzainas y tamborines, y pensamos de verdad que estamos en otra época.

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Al día siguiente, por la mañana, se repite el ritual, con el añadido de una pequeña procesión en la que sacan al santo y hacen un ruedo alrededor del fuego. Lo que viene siendo una cristianización en toda regla de una fiesta a todas luces tan pagana como antigua.

Pero ahora el frío invernal de una primavera cambiante se aleja, como nosotros nos alejamos de nuestros queridos pueblos negros. Fueron 3 días tan alejados del mundo al que estamos acostumbrados, tan vividos en la calle y tan costumbristas, que nos hace daño volver a los coches, a las autopistas, al ruido. A olvidar.
Fuera de internet, de los teléfonos, de las tiendas (sólo hay una tienda pequeñita y familiar en Valverde, que vende pan, manzanas, regalos, y algunos alimentos), sólo nos hemos preocupado de descansar, de leer, de sentir.

En definitiva, de vivir.