Tomás Luis de Victoria

Captura de pantalla 2014-02-12 a la(s) 16.04.42Si pensamos en compositores españoles, se nos vienen a la mente nombres como Manuel de Falla, Isaac Albéniz, Joaquín Turina u otros maestros del Nacionalismo musical, como Granados.

Más allá de esos nombres de cabecera, poco más podemos añadir, como olvidando parte de nuestro rico legado, herencia musical de tan geniales como desconocidos personajes, de los que más de uno tuvo que emigrar en busca de gloria, o simplemente para continuar viviendo, en el exilio, como fue el caso de Salvador Bacarisse.

Sin embargo, parece poco conocido que una de nuestras épocas doradas musicales fuera tres y cuatro siglos anterior a los citados más arriba.

Juan de Triana, Francisco de la Torre, Juan del Encina, Mateo Flecha, Cristobal de Morales, Francisco Guerrero, o el que nos ocupa, Tomás Luis de Victoria, para muchos, el más insigne compositor del Renacimiento, no sólo de España sino de Europa.

Nuestro particular clérigo, abulense, coetáneo de Santa Teresa de Jesús, a la que conoció y admiró, partió hacia Roma para recibir las enseñanzas de Pierluigi de Palestrina, uno de los más prolíficos y reconocidos compositores del siglo que nos ocupa.

Después de idas y venidas a la capital italiana, su deseo de volver a España lo materializa en la villa de Madrid, donde realizaría sus últimas composiciones, ocupando el cargo de organista y capellán de la emperatriz María, en el Convento de las Descalzas Reales, donde falleció en 1611.

Lo importante no es la historia, sino el legado. Ese levitar de una música escrita por ángeles, que elevan el alma, haciéndola entrar en contacto con algo MÁS, como con su Officium Defunctorum, también llamado Requiem, que se convertiría en el visado al más allá para su emperatriz.

Y es que la función de la música siempre ha sido ese conectar con lo divino, con lo espiritual, con lo más profundo, ancestral, y excelso del ser humano, aquello que le distingue del animal no racional, la capacidad de crear, la capacidad de creer, ese ser que desde el inicio da gracias a lo que sabe que está ahí pero no puede ver. Rituales mágicos como cuna del hombre, y la música como medio para contactar con ello, con lo sagrado.

Ese gran misterio. Ese Magnum Mysterium con el que Tomás Luis entrelaza inmaculadas voces que nos recogen y transportan hacia la paz más absoluta.