Antonio Longoria

No sé en que lugar de la Historia ni por qué motivo, se perdieron algunos de los nombres españoles más destacados. Perdidos de los libros, de la tradición oral, de los homenajes, de los galones con los que mostrar orgullo.

De algunos “solo” hemos perdido su cuerpo; de otros, casi todo lo que hicieron, y tan solo quedan pequeños reductos donde poder encontrar algo de información de los mismos.

No me refiero a ningún tipo de salvapatrias, sino a personas que con su ingenio, brillantez, en su mayoría visionarios, adelantados a su tiempo, hubieran contribuido, de haber nacido en otro país y en otras circunstancias, a llenar los panteones de hombres ilustres, y se les rendiría justo tributo en fiestas señaladas.

Pero nuestra idiosincrasia es diferente, distinta, atípica en la mayoría de las ocasiones.47B25351

Si nos ponemos a pensar en el inventor de la radio, el primer impulso de la memoria será visualizar el nombre de Marconi… otros, inconformistas del simple titular de la noticia, llegarán a perfilar otro gran nombre, como fue Nikola Tesla, y, después de eso… solo algunos acabarán acercándose a la figura de Julio Cervera, un nombre que suena demasiado español y que parece muy poco atractivo de cara al marketing… pero que fue, en gran medida, precursor de este medio de comunicación tan revolucionario.

Pues bien. No sólo con la radio o la máquina de Rayos X de Mónico Sánchez nos ha ocurrido algo similar, sino que los españoles también hemos estado a la vanguardia de otros proyectos de envergadura, como es el caso de Antonio Longoria, el creador del “rayo desintegrador”, algo que puede sonar bastante apocalíptico.

Alejandro Polanco, en su libro “Made in Spain” recoge un fragmento de la revista Popular Science donde describen el invento del español:

(1934). ¡Estados Unidos salvado de una invasión por un rayo de la muerte! (…) Un rayo tan potenete que puede matar en unos segundos desde una distancia solo limitada por la curvatura de la Tierra (…) El rayo torna la sangre en una substancia del color y la consistencia de la glicerina, destruyendo todos los glóbulos rojos y es una invención del científico español Antonio Longoria, de Cleveland. Todos los gobiernos del mundo posiblemente desearán hacerse con el secreto del doctor Longoria, pero éste no está en venta porque, extrañamente, el inventor del arma de guerra más terrible concebida por la mente humana es un pacifista (…)“.

Este artilugio nació, como en muchas ocasiones, como algunos grandes hallazgos, por casualidad. Nuestro protagonista se encontraba investigando técnicas de cura contra el cáncer, (era experto en frecuencias utilizadas en un entorno metalúrgico), mediante altas frecuencias y, prácticamente sin querer, creó esta maquinaria extraña, disparadora de rayos mortales. Parece ser que este artefacto era capaz de atravesar hasta gruesas planchas de metal y aniquilar -sin dolor aparente- a los sujetos (animales) que se encontraban al otro lado.

Longoria se dio cuenta de que había creado una arma devastadora y decidió aniquilarla antes de que fuese demasiado tarde (quizá por la alargada sombra de la Primera Guerra Mundial o quizá temiendo la Segunda). Sea como fuere, aquella fue una lección de integridad, aunque muchos quisieron comprar su invento, robarlo, hacerse con el arma definitiva, él, consciente del peligro de que cayera en manos equivocadas, optó por destruirlo y no dar detalles sobre el mismo.

Al final… de Antonio Longoria sabemos conocemos su enigmático epitafio (En Florida); una lápida que reza un enigmático: “¡Dijeron que no se podía hacer! Él lo hizo”.

Él creyó, por encima de sus sueños, en sus posibilidades, eso hizo que consiguiera cosas que no sabía que eran imposibles. Por eso las realizó.