Los Empalaos

abril 11, 2016 en España, Extremadura, Fiestas Tradicionales, Península ibérica

Por fin, tras muchos años, nos acercamos a Valverde de la Vera para ver en primera persona la ¿fiesta?, ¿rito? La tradición de Los Empalaos.

Sobre todo, nos acercábamos con mucha curiosidad por ver lo que a ojos de los mass media es algo bárbaro, violento, propio de fanáticos religiosos, y que desde nuestros ojos siempre nos ha parecido atávico, auténtico… algo muy profundo.

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Tenemos que decir que somos unos auténticos privilegiados, pues sin haber visto nunca la celebración en cuestión, teníamos la oportunidad de vivirla desde dentro, gracias a la generosidad de Vicente, un ‘empalao’ que nos abrió las puertas de su casa de par en par para que conociéramos como es debido la famosa tradición.

Tras una vuelta por el pueblo (absolutamente precioso, como toda la zona de la Vera), nuestro, ya no tan anónimo, ‘empalao’ surgió a nuestro encuentro.

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Pudimos ver con él la ruta que haría (algo que nos resultó fundamental más adelante), pero no sólo eso, nos enseñó los aperos, las cuerdas, y explicó todo lo relacionado con algo que sin duda llevan dentro, algo que nace de una promesa o “manda”, y que atrapa con fervor a todos los que se visten en la madrugada del Jueves Santo.

Puede parecer esta tradición una procesión relativamente moderna, de tiempos de posguerra y devoción religiosa, pero se equivocan. Parece que el rito viene de antiguo, tanto que son orígenes paganos los que tiene, celtas y romanos, y que se transformó con la conversión al cristianismo.
Desde el s. XVI hay datos y menciones a esta representación, que siglo tras siglo, década tras década y año tras año, llueva o nieve, se sigue realizando con mismo fervor.

Corre el reloj y es hora de prepararse. Vicente, con gran generosidad, nos abre las puertas para un preparativo que no suele ser visto, y contemplamos cómo van vistiendo pacientemente al ‘empalao’.

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Primero la soga alrededor de su torso, luego el timón, que ata los brazos, las espadas cruzadas en la espalda, las vilortas, que en el mundo agrícola sujetan al timón, y que penden tres a cada lado desde el palo, la toga y el velo, la última parte y sobre la que se coloca la corona de espinas.
En esta última parte tan simbólica, es la mujer, un familiar muy allegado, o la persona sobre la que se hace la manda, la que sujeta así el velo al ‘empalao’, siendo la última persona que éste ve hasta finalizar su penitencia.

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A veces es difícil abstraerse, entre la cantidad de gente y los flashes (que por mucha repetición que se haga para que no se utilicen, puesto que molestan sobremanera al ‘empalao’, se siguen usando), pero hay algo en ello, el rito, que nos sumerge en otro mundo, nos desactiva como urbanitas tecnológicos del s.XXI y nos hace conectar con algo más profundo, el silencio.

El silencio sólo roto por el chocar de las vilortas, y el fluir del agua de los múltiples canales de que recorren todo el pueblo.

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El poder chamánico del sonido de las vilortas en medio del más absoluto silencio, y la tenue luz del farolillo que porta el cirineo (ayudante del ‘empalao’), nos guía de un lado a otro del Vía Crucis, en el que además de arrodillarse delante de cada una de las cruces de la parada, también lo hacen cuando se encuentran con otro ‘empalao’, o con una nazarena, las penitentes femeninas, ataviadas con túnicas moradas y una gran cruz a la espalda.

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Imbuidos en la magia, seguimos a Vicente hasta su particular rincón de encuentro, desde donde partimos y que ahora sirve para despojarle de las cuerdas, de su penitencia.

Siempre pensamos encontrar sangre, cuerpos entumecidos, y brazos sin apenas circulación, y por supuesto es un camino duro, pesado, y áspero, pero no tiene que ver con esa asociación que hacemos en nuestra mente, quizá por la tendencia en los medios a asemejarlo a Los Picaos de San Vicente.

No acaba la noche, ya que su hermano Raúl también se viste con el hábito y de nuevo nos dejan presenciarlo.

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Es curioso como después de tanto tiempo esperando, luego todo dura apenas un instante, entre 30 y 40 minutos tarda el ‘empalao’ en recorrer las 14 estaciones del Vía Crucis, y las horas van pasando, dejando paso a un poso de tranquilidad, lejos del tumulto de las 00:00, hora de inicio de la tradición, y la hora en que suelen salir más empalaos.

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Pero a partir de las 02:00 se convierte en otro cantar. Cantar de silencio y oscuridad.
Los turistas abandonan el pueblo o están a otros menesteres, mientras que otros empalaos recorren casi en solitario sus calles.

Algunos empalaos prefieren salir en esas horas, disfrutar de esa soledad, del anonimato, para cumplir su promesa o manda, y es que hasta la noche del sábado pueden cumplirlas.

Nos vamos finalmente de Valverde, ya con la madrugada bien entrada, y en esa quietud que inunda los huesos, tremendamente agradecidos por la oportunidad, y deseosos de volver en un futuro.

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Los Empalaos volverán a salir por las calles de Valverde, el 3 de Mayo de 2016 con motivo del Día de las Cruces.

Agradecemos a Vicente, Raúl, José Gómez y toda la familia de los ‘empalaos’ dejarnos presenciar una tradición tan única en primera persona.

Web del Ayuntamiento.