Las bestias del tiempo

Enero 15, 2016 en España, Extremadura, Fiestas Tradicionales, Península ibérica

Recuperamos un post que publicamos en la Nave del misterio el año pasado.

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Cuando llegamos, todo el suelo estaba inundado de ramitas verdes, que desprendían un intenso y embriagador aroma. El romero iba y venía con cada bocanada que daba el viento hasta alzarlo y dejarlo caer abruptamente de nuevo contra el suelo. Se oía a lo lejos alguna flauta entonando alegres melodías, pero muy a lo lejos. Mi atención se había fijado en dos hombres… casi bestias.

Ataviados con un montón de pieles, como si fueran hombres de monte de hace unos cuantos milenios, y rezumando un penetrante olor a hoguera, no pude resistirme y me acerqué con curiosidad hasta ellos. Unos metros más adelante, en una especie de garaje, una algarabía de voces masculinas farfullaban, entre risas. Cuando alcancé el umbral me vi casi rodeada de un montón de gente que iba de allá para acá con mascarones inmensos, botas y pieles curtidas para proceder al ritual de vestir a las Carantoñas.

Y es que en Acehúche, que es donde me encontraba esa mañana, se celebra una fiesta en “dudoso” honor a San Sebastián. Y digo dudoso, porque si bien no es la primera que por la zona se dedica al asaeteado santo, esta fiesta en particular, al igual que su vecino Jarramplas, posee ciertos aspectos que me llevan a dudar de su origen cristiano.

Pieles de macho cabrío, de zorro, de jineta, de oveja, de vaca… perfectamente limpios, pulidos y trabajados, visten, con gran esfuerzo y éxito (repele muy bien el frío de enero en esta zona de Extremadura) a todos y cada uno de los hombres, porque solo se disfrazan varones, que visten de Carantoña.

Pero empecemos por el principio…

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Desde hace decenas y decenas de años, en este municipio a ni tan siquiera 70km de Cáceres, se viene celebrando una peculiar fiesta en honor a San Sebastián; en concreto, se quiere representar cómo tras ser asaeteado, este soldado romano convertido al cristianismo, sobrevivió toda una noche en el Monte Palatino, atado a un árbol, sin que ninguna bestia salvaje se atreviera a tocarlo. Hay una versión de la historia que cuenta que, posiblemente, un toro pudo ser el guardián de este venerado santo, lo que explicaría la función de una de las máscaras que salen en Acehúche todos los 20 y 21 de enero. La Vaca-Tora, cuya misión es espantar y asustar a las Carantoñas al final del día.

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La tradición se lleva a cabo el día 20 (San Sebastián) pero se repite exactamente igual un día después, paso por paso.
El ritual comienza cuando despunta el alba, en lo que se denomina “la alborá”, cuando un tamborilero va recorriendo las calles del pueblo despertando a todos los que se van a vestir de Carantoñas. Hay que imaginarse al hombre, en mitad de una noche que va aclarando poco a poco, tocando esa música tan ancestral de flauta y tamboril, recorriendo en soledad las calles, incitando con su melodía al “despertar de las bestias”, casi como un ensalmo profano. Con el frío azotando sin piedad, pues es época de nevadas y viento intenso, sin contar con que Acehúche está a muy poca distancia del río Tajo.

Poco después, “las máscaras” van tomando posición y uno a uno se van vistiendo, primero las piernas, los brazos y luego el zamarrón -unas pieles grandes que se colocan a modo de peto en el cuerpo, al que se ajustan con una cincha- . Luego se colocan las caretas de cartón, forradas con pieles, donde hay un lío de colmillos y pimientos (símbolos de fecundidad y masculinidad).

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Todo este proceso se va jalonando con unas migas, para entrar en calor, y se explica el ritual para los que se visten por primera vez. Cuando están listos, agarran en sus manos una rama de olivo “tallada” que se llama tárama.

Ese día, nosotros pudimos ver casi medio centenar de estas máscaras recorrer las pequeñas calles de este pueblo cacereño. Es algo ancestral y primitivo. Y el hecho de que se celebre en estas fechas, cuando empiezan a despuntar las mieses en el campo, o se celebra el día de la marmota, no hace más que remitir a un origen más natural que eclesiástico.

Cuando todas estuvieron listas, se reunieron frente al pequeño ayuntamiento y danzaron con una serie de mujeres vestidas “de bayeta”, con el traje regional, que adornaban sus cabellos con flores de jazmín y azahar y llevaban, sin excepción, un cestillo pequeño lleno de confeti, con el que honrar a San Sebastián. Eran las regaoras. Aquello se convirtió en un jolgorio, a pesar de que los más pequeños se sentían intimidados por semejantes “monstruos”, otros, valientes, se atrevían a tocarlos o incluso tirarles del pelo, para que acto seguido, la Carantoña, con torpes movimientos, intentase darles caza.

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Las músicas populares inundaban la carretera que se ha convertido en plaza improvisada, frente al edificio del alcalde, hasta que, no se muy bien por qué, todo el mundo comenzó a dirigirse hacia la modesta iglesia del pueblo.

Allí, las máscaras, que tienen prohibida la entrada, aguardaron fuera, en silencio, tomando posición, mientras que el resto de vecinos entró a venerar al santo. Poco tiempo después, la santa figura cruzó el umbral e hicieron su aparición los tiraores, una serie de jóvenes apostados con sus escopetas que disparaban salvas al aire en honor al patrón. Confeti y olor a pólvora comenzaron a mezclarse en el único momento de toda la jornada que salió el sol, y en el que pude ver por primera vez a las Carantoñas en acción.

Su forma de proceder es altamente llamativa. Mientras permanecen en posición hierática con las manos y la rama de olivo levantadas, esperan a estar a cierta distancia del santo para comenzar a moverse. Llegados a este punto dan tres pasos sincrónicos (porque se mueven por parejas) y cuando están lo suficientemente cerca hacen una reverencia, arrastrando la tárama contra el suelo y profiriendo un grito tan inexplicable como llamativo: “Guu”. Como un alarido perdido en el tiempo, algo muy profundo, que suena como si dentro de sus pechos hubiera toda una caverna resonando al mismo tiempo. Es vibrante.

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A pesar del gentío, del ruido de las personas que se concentran a ver esta procesión, me pareció que el tiempo transcurría más despacio, y se oía el bufido espirado de las Carantoñas cuando, tras arañar el suelo con su rama seca, se postraban rápido, en una especie de requiebro, y se apresuraban a ocupar su lugar en la cola para volver a empezar.

La historia se repitió decenas de veces, hasta que se hizo el recorrido completo y se volvió a la Iglesia a devolver al santo. Antes de esto, se le echó una loa (en casa del mayordomo), se le volvió a regar de confeti y se dispararon salvas periódicamente. Pero ese momento efímero en el que se ve a un ser vestido con pieles y colmillos andar con paso firme hacia la estatua del asaeteado, para agacharse y proferir ese, casi lamento, es, ciertamente magnético, a la par que desconcertante.

Hay otra teoría que cuenta que las Carantoñas responden a las tentaciones que pesaron sobre San Sebastián y en las que no cayó. Sea como fuere, lo cierto y verdad es que forma parte del imaginario colectivo, y que es un pedazo de la España ancestral que está muy vivo, y que atrae a antropólogos, amigos del misterio, periodistas y curiosos en general, para celebrar una mascarada de invierno, al calor atávico y, casi de leyenda, de la piel de las bestias de invierno.

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