La otra Guadalajara

marzo 26, 2014 en Castilla la Mancha, España, Península ibérica

Lejos de las medievales Sigüenza y Atienza, de la capital y su Palacio Ducal, de la Alcarria y sus pueblos, existe una tierra tan fría como abandonada, frontera entre Guadalajara y la Comunidad de Madrid. Hablamos de La Ribera.

Una zona en la que, entre sus doce pueblos, suman la friolera de 700 habitantes, siendo Valdepeñas de la Sierra la mayor afortunada, con un par de centenares, quizá por ser la más cercana a Madrid._47B2783_1800x1178

Una zona que muere y a la que parece que nadie presta atención. Pueblos llenos de historias, cuentos, vivencias, de generaciones que tuvieron que emigrar a las grandes urbes; bien por trabajo, bien por la dejadez de unas autoridades que permiten que algunos de estos pueblos, como otros tantos de Guadalajara, no dispongan de carreteras de acceso, llegando algunos de ellos incluso a carecer de alumbrado. Alejados y en peligro de muerte por las frías cuentas económicas.

No fue una ruta fácil, entre curvas, despoblación, y  caminos de cabras, literalmente.

Iniciamos travesía en el mismo límite con la Comunidad de Madrid, en el Pontón de la Oliva, que separa las dos comunidades. Los madrileños conocen bien el Canal de Isabel II, la entidad encargada del agua que nos nutre. No tantos sabrán que la primera de estas obras de ingeniería se desarrolló en esta parte de la sierra de Ayllón, en 1851._47B2771_1800x1200

No tuvimos que atravesar el puente, “levitando” entre las aguas, como ha pasado en época de grandes crecidas, pero si pudimos ver la increíble fuerza del agua del río Lozoya, que estaba siendo expulsada a través de grandes túneles excavados en la roca, con gran potencia.

Obras mastodónticas para una época de gobernantes y ministros, como Bravo Murillo, artífice de las obras, que se dedicaban a pensar por el bien de su país y de sus ciudadanos, encargando las más arduas labores, si eran requeridas. Intensas; como el trabajo de los 1500 presos carlistas que fueron obligados a trabajar en las peores condiciones imaginables.
Un tiempo sin grandes infraestructuras y con una mecánica un tanto arcaica. Tanto, que la forma que tenían los ingenieros para comunicarse era mediante palomas mensajeras._47B2820_1800x918

Cerca del Pontón, a apenas 3 o 4 km, existe una zona arcillosa que forma unos curiosos socavones horadados, en su mayor parte por la escorrentía. Las cárcavas de Valdepeñas de la Sierra._47B2886_1800x960 _47B2856_1800x1200

Primer intento de abordarlas… y camino equivocado. Reemprendemos el camino que estimamos correcto, y más adelante una bifurcación en forma de “Y” en la que volvemos a equivocarnos. Nos decantamos por enfilar el terreno rocoso, cuando el destino era, además de salpicado de piedras, de una elevación pronunciada. Después de subir el cerro, como pudimos, llegamos a esta espectacular formación, harto más grande de lo que esperábamos, creada por las filtraciones de los arroyos y emanaciones que se daban por el camino y que fueron obstáculo para nuestros pies.

Las vistas son para reposar un instante y dedicarse a contemplarlas, sentir el viento y vislumbrar lejanos horizontes, realmente merece la pena.

Ahora tocaban casi 3 kilómetros de regreso para llegar al coche, y de ahí, un tortuoso camino a Tortuero, con una población de 17 habitantes, quienes, sorprendidos, escrutaron nuestro coche, sin entender que hacían dos turistas en un paisaje tan complicado de alcanzar como ése. Nuestra razón, el puente medieval (para otros romano) que sirve de cruce para las aguas del arroyo de la Concha, ya a las afueras del pueblo. Curiosa su “viga” que sirve para aguantar el peso de una estructura no muy estudiada. _47B2941_1800x1200

Y de Tortuero ponemos rumbo hacia un pueblo vecino, del que sólo distan 20 kilómetros. Pero que nadie se espere tardar 15 o 20 minutos, sino 45 o más, no sólo por el estado de las carreteras, sino por la necesidad de dar una verdadera vuelta gigante si no quieres ir atravesando caminos sin asfaltar, con el ancho de poco más que un coche, en barrancos, a veces, embarrados.

Pero nuestro interés no es Retiendas (a donde nos dirigimos en un primer instante), si no el Monasterio de Bonaval, joya del primer gótico, y en estado muy serio de ruina._47B2971_1800x1296

Tras andar unos 2 kilómetros, topamos con las verjas que cierran el Monasterio, recientemente instaladas, y es que el estado de derrumbe empieza a ser muy importante. Toda la parte trasera se encuentra caída, y en un breve espacio de tiempo ha sufrido un deterioro considerable, tanto que dudamos de que dure más de diez años.26.03.2014-22.01.27__47B3044_1200x1800 _47B2982_1800x1200

Pasado repleto de Historia, que desde 1164 te vislumbra, y sombra a la que caíste bajo la cruel desamortización de Mendizábal, casi 800 años después, vendida como ropa vieja por miserias a unos compradores poco interesados en mantener esta maravilla, y bajo la tenue luz de unas autoridades a las que no les apetece poner ni el mínimo céntimo en, no ya recuperarlo, sino intentar que no se desintegre en el olvido y el escombro. El único intento, poner vigas que apuntalen la ya frágil estructura. Pero no de acero, que son caras, sino de madera, que en unos pocos años se pudre y tira abajo toda la estructura, pero es más barato para las arcas de los “mindundis con corbata” a los que les regalamos nuestro tiempo, dinero, y rico pasado. Autoridades a las que no les interesa lo más mínimo que este monumento se dé a conocer. Oculto y ocultado, Bonaval.

Entre la rabia y la impotencia, emprendemos nuestro camino hacia nuestro último destino, la aldea de La Vereda, ya en trayecto hacia los pueblos negros, cercano a El Vado, pueblo consumido por el agua del embalse que lleva su nombre y del que sólo asoma su ermita, cantada bajo los medievales escritos del Arcipreste de Hita en el Libro del Buen Amor.
Un intrincado camino de 15 km desde Retiendas, que lleva aproximadamente 1 hora de coche. Y es que las carreteras no son tales. Son pistas forestales._47B3119_1800x1200

Nuestro GPS, quizá como intentando quitarnos aquella locura de la mente, planteó una ruta alternativa dando toda la vuelta al embalse del Vado, y que tras atravesar pueblos condenados a muerte, o más bien pedanías, nos llevó hasta un cruce con dos portentosas opciones: o un camino inundado, u otro con vacas y toros apostados en medio de la “carretera”, cegándonos el paso, casi en actitud desafiante.
La única opción fue dar media vuelta y volver a Retiendas. De allí hacia la presa del Vado, de aspecto soviético y descuidado, y de ahí a la pista forestal que conduce a La Vereda, zona en la que se asentaron desde nuestros paleolíticos descendientes, a los romanos, o los visigodos.

Hoy, el pueblo antes abandonado, tiene una población de 4 habitantes “permanentes”, y una serie de habitantes “de fin de semana” que intentan levantar el pueblo.
Difícil tarea para un lugar cuyo único acceso es una pista forestal que ni siquiera está señalizada, y cuyo mal estado hace imposible la ruta para un turismo._47B3165_1800x1200

Triste transcurrir de los tiempos para esta pequeña aldea sin carretera, ni siquiera camino. Tan febrilmente pobre que carece de luz eléctrica.

Y es que en este mar de tecnología, de prisas, de ciudades con millones de habitantes, sobrecogen los vestigios de nuestros antepasados, los más recientes, pues hace menos de 70 años la vida era así. Y así seguirá siendo para los calmos parajes que con muchísimo encanto, pero con mucho trabajo y sacrificio, mueren pese al empeño de aquellos que por esas tierras lloraron, rieron, y se enamoraron.