De las ilustres tumbas perdidas (II)

enero 19, 2014 en España, Madrid, Península ibérica

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Inscripción de la Iglesia de San Ginés

Seguimos con nuestro monográfico sobre tumbas perdidas, o personajes ilustres de los que nadie nos acordamos, una vez pasaron a mejor vida, y parece que así se quedaron… Hoy en día sólo los melómanos o conocedores del arte se acordarán de nuestro primer hombre ilustre, pero fue figura clave en su tiempo.
El compositor de Dios, como se le llama, era abulense, y murió en Madrid. El más brillante de los compositores del renacimiento. Ese era Tomás Luis de Victoria.

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Interior de la iglesia de San Ginés

Después de una vida a caballo entre Ávila y Roma, llegó a Madrid y desde 1587 ejerció como capellán de la emperatriz María, hermana de Felipe II, en el Convento de las Descalzas Reales de Madrid. Muy cerca de allí, en lo que hoy sería la Calle Arenal, vivió hasta 1611, fecha en la que murió.
Se desconoce a ciencia cierta si sus restos reposan en el citado Convento de las Descalzas, o en la Iglesia de San Ginés, en la misma calle Arenal, muy próxima a donde él vivía.

En este templo se casó, nuestro anteriormente comentado Lope de Vega, y  fue bautizado Francisco de Quevedo, al que, dicho sea de paso, se le dio por perdido y no fue hasta 2007, cuando supuestamente se encontraron sus restos, en Villanueva de los Infantes (Ciudad Real).Ya hemos hablado de Mesonero Romanos y su infructuoso intento de salvar el derribo de la casa de Cervantes. Esta vez iba a ser derruida la casa de otro de nuestros escritores madrileños del siglo de Oro, don Pedro Calderón de la Barca, sito en la calle Mayor, 61.

 

Llegó don Ramón de Mesonero justo cuando estaban empezando el derribo. Al tratar de razonar con ellos y no llegar a ningún acuerdo, el bueno de don Ramón se lio a bastonazos con los operarios de la demolición, quienes corrieron como alma que lleva el diablo para huir de los virulentos garrotazos de Mesonero Romanos. Después de poner una petición en el ayuntamiento, los trabajos de abatimiento del inmuebel fueron cancelados. Gracias al tesón y vehemencia que demostró en su día, hoy todavía podemos ver la casa en la que vivió el ilustre Calderón de la Barca, que dicho sea de paso, constituye la casa más estrecha de Madrid, con  tan sólo cinco metros de ancho.

Casa de Calderón de la Barca

Casa de Calderón de la Barca

Placa en la que fue casa de Calderón de la Barca

Placa en la que fue casa de Calderón de la Barca

Pero, si curioso es preguntarse cómo llegó a mantenerse en pie la casa, un auténtico disparate es el sitio de descanso eterno de don Pedro. Murió en 1681 y fue enterrado en la iglesia de San Salvador, uno de los diez templos más antiguos de Madrid (s.XII-XIII), y que se encontraba en la Plaza de la Villa. Al ser derribada dicha iglesia, los restos fueron trasladados al cementerio sacramental de San Nicolás, en la calle Méndez Álvaro.

Estatua a Calderón de la Barca, plaza de Santa Ana

Estatua a Calderón de la Barca, plaza de Santa Ana

Placa conmemorativa - Quevedo

Placa conmemorativa – Quevedo

Ya en 1869, sus restos fueron trasladados al proyectado Panteón Nacional, en la Basílica de San Francisco el Grande, pero al quedar cancelado el proyecto de construcción del Panteón de los Hombres Ilustres, sus huesos volvieron en 1874 al cementerio, y de allí, rumbo al  Hospital de San Pedro de los Naturales. De éste último enclave,  se movieron nuevamente los restos hasta la Iglesia de Nuestra Señora de los Dolores, en la calle San Bernardo. La citada iglesia, fue saqueada y quemada durante la Guerra Civil, en 1936, y con ello se perdió toda la documentación acerca de los restos de nuestro afamado escritor. Se supone que  lo que quede de su osamenta sigue estando en algún lugar de la citada iglesia, pero, desgraciadamente, no se tiene certeza alguna a este respecto.

De entre todos los desafortunados, el que “mejor suerte” corrió fue el maño inmortal, don Francisco de Goya y Lucientes.

Sin duda, Goya es uno de los pintores más afamados a nivel mundial. Y, es “hasta concebible” entender que todo el mundo se pelearía por tener su cuerpo… o su cabeza. Como bien es sabido, Goya no murió en España, sino que lo hizo en Burdeos, Francia, donde se recluyó durante sus últimos años. Allí fue enterrado en 1828 el genio de Fuendetodos. Tras años de olvido y otros tantos de tramitaciones, España pudo iniciar las gestiones para trasladar los restos del pintor a Madrid, y en 1888 se realizó la primera exhumación. Al abrir la lápida se encontraron con un serio inconveniente. Efectivamente, allí reposaba un cuerpo, pero era un cuerpo sin cabeza.

Después de casi 200 años de su muerte, no se sabe dónde está la testa que creó las más grandes maravillas de la pintura, aunque la hipótesis más comentada es la del saqueo por parte de algún estudiante de la Universidad de París, donde en aquellas fechas estaba en auge la frenología; el estudio del cráneo para determinar las capacidades artísticas, personalidad, o aspectos psicóticos, según la forma del mismo, de la cabeza y de las facciones del rostro. Seguramente, el cráneo de un genio sería muy codiciado en la época, para ser sometido a todo tipo de mediciones y estudios.

Monumento a Goya en la tapia del cementerio de la Florida

Monumento a Goya en la tapia del cementerio de la Florida

Sea como fuere, en 1899 los restos regresan a España, donde son enterrados en el cementerio de San Isidro, donde permaneció 100 años, hasta que en 1919 se mueven a su ubicación actual, la ermita de San Antonio de la Florida, templo que hubo que reconstruir en tres ocasiones, siendo la última diseñada por Filippo Fontana, y en la se conservan frescos pintador por el mismo Goya, y que hoy podemos contemplar con gran deleite y de forma gratuita, pues son una de las grandes joyas ocultas de Madrid. Cabe reseñar que por la gran afluencia de personas que acudían a los oficios religiosos para admirar de paso las pinturas de D. Francisco, se decidió crear una segunda ermita. Una copia gemela diseñada a su derecha, en la cual sí se recibe la misa, dejando la original  como museo, y como merecido lugar de descanso eterno para el pintor.