Camino Soria

Octubre 1, 2013 en Castilla y León, España, Madrid

Hoy alzamos el vuelo.
Lo iniciamos por amor a una tierra, en su mayor parte desconocida, abierta a todo el mundo, pero muchas veces en la sombra.
Sitios alejados del turismo común, que pasan desapercibidos para la mayoría de nosotros, o sitios que todo el mundo conoce, pero en los que poca gente se ha parado a apreciar sus detalles y misterios.
Esto no pretende ser un blog de viajes, ni un blog de investigación, sólo son nuestras experiencias, y un deseo de que, para aquellos ojos que quieran ver, y no otros, se abran otros territorios, realidades y percepciones. En busca de una amplitud de miras literal y conceptual.
Inauguramos blog, y lo hacemos visitando unas tierras tan cercanas, como desconocidas; nunca hubo mejor representación de una España ignota, de una tierra íbera por recorrer, estandarte histórico de la lucha contra la invasión romana a cargo de esa “Numancia incontestable”. Por supuesto, izamos velas rumbo a Soria.De esta manera, emprendimos viaje a través de la A-1, con la mente puesta en San Bartolomé de Ucero, pero la vista nos obligó a hacer una primera parada muy cerca de Madrid, en Buitrago de Lozoya.
Santa María del Castillo – Buitrago de Lozoya
El Lozoya crea de este pueblo una especie de península amurallada, en la que destaca el castillo, la iglesia mudéjar de Santa María del Castillo, y las mencionadas murallas.
Visita breve puesto que había que enfilar hacia tierras sorianas.
Buscando en internet durante el viaje dónde harían una fiesta/mercado medieval, encontramos San Esteban de Gormaz, dando la casualidad de que nuestra ruta pasaba por allí, así que decidimos hacer una visita a este pueblo totalmente desconocido para nosotros.
San Esteban de Gormaz

Grata sorpresa tropezar con el Duero y con la mirada de su antiguo castillo medieval, atento desde lo alto de un cerro pegado al pueblo.

Mercado medieval
Además del castillo, hay otras joyas como un puente románico o la Puerta de la villa, que da acceso al pueblo, y que data del s.XVI. Además, el pueblo cuenta con dos iglesias románicas, San Miguel, del s.XI, y la de la Virgen del Rivero, del s.XII. Nada mal para una población de tan solo 2.500 habitantes.
Todo un descubrimiento, muy recomendable, y que sin duda ganaba en ambientación con ese gran mercado medieval que cubría el centro del pueblo, y que ayudaba a transportarnos a otras épocas lejanas y en gran parte, olvidadas.
Después de la parada, volvíamos a la ruta para llegar a Cañón del Río Lobos, con objetivo de visitar San Bartolomé de Ucero, una de las iglesias más enigmáticas que de nuestra piel de toro, un lugar, sin duda, iniciático y lleno de marcas de cantero, que hacen las delicias de los amantes de estas nobles artes y antiguas disciplinas artísticas.

 

Cañón del Río Lobos

 

Atravesamos el cañón, haciendo parada en el Museo homónimo, en el que se pueden visitar diversos animales disecados, reconstrucción del entorno del cañón, historia, e información diversa, muy interactiva, y recomendada para los más pequeños y curiosos.
Al seguir adentrándonos en el cañón, debimos quedar algo así como en shock. Coches por todos los lados, un castillo hinchable, puestos de todo tipo, bares ambulantes, mercadillo, olor a barbacoa, mucho bullicio y gente por doquier.
¿Se habría convertido uno de nuestros clásicos enclaves místicos en una feria de turismo dominguero?
Ciertamente no. Aquel 24 de agosto era la romería de San Bartolomé, o San Bartolo, como se le llama. Aunque esto lo supimos después.
San Bartolomé de Ucero

Teniamos ganas por visitar la “famosa” ermita, punto supuestamente equidistante entre los extremos de nuestra península, cabos de Creus y Finisterre, según Juan G. Atienza, pese a no ser del todo correcto.

La ermita, templaria, nos acoge con su conocido rosetón, que no es otro que el pentáculo invertido, lo cual ha dado lugar a numerosas leyendas, relacionadas con el ocultismo de la susodicha orden del Temple, que ha dado y da para miles de libros.
San Bartolomé de Ucero desde el interior de la cueva

Enclavada en mitad del cañón, y valiéndose de las piedras del terreno para su construcción, se trata según afirman muchas teorías, de uno de los enclaves telúricos más poderosos de nuestro país.

Al lado de ella, una enorme cueva se abre paso, haciéndonos sentir pequeños en una gigantesca abertura pétrea. Aunque sin tanta majestuosidad, podemos encontrar otras cuevas a lo largo del cañón, de distinta profundidad y accesibilidad, y que dan guarida a varios de los animales del entorno, vigilados por la silenciosa mirada de los buitres leonados que pueblan estas zonas.
Puesto que visita tan iniciática queda ostensiblemente cercenada por el impulso juerguista y “rociero” de la verbena, decidimos que ya regresaremos en mejor ocasión, quizá cuando el otoño ilumine con dorados matices los castaños y los chopos de la zona, dotando a la naturaleza de una riqueza cromática envidiable.
Con esta premisa, ponemos rumbo de vuelta, y, siendo unos completos incultos de esta zona, pero sonándonos el nombre del pueblo, decidimos hacer un alto en el camino en El Burgo de Osma.
Burgo de Osma
De nuevo, nos llevamos una gran sorpresa. Ciudad medieval, podemos ver detrás del tramo amurallado (en perfectas condiciones de conservación) la Catedral de Santa María de la Asunción, del s.XIII, donde destaca su magnífica torre y el pórtico, en la plaza que abre paso a la entrada, y que deja paso a una genial y panorámica vista de la catedral.
A pesar de no andar demasiado por la ciudad, pudimos ver la Plaza Mayor, en la que se encuentra el Hospital de San Agustín y el Ayuntamiento, y el castillo medieval.
Otro de esos sitios a los que volveremos con más detenimiento, y que, sin duda, merece la pena visitar.
En general, Soria es una gran desconocida, con rincones dignos de una parada. Tan cerca, y tan oculta. San Esteban de Gormaz, Burgo de Osma, Ucero, la propia Soria, o Calatañazor, son pequeñas joyas cercanas a las que poca atención solemos prestar, y que sin duda, la merecen.