Calatrava la Nueva

Junio 17, 2014 en Castilla la Mancha, España, Península ibérica

Kalat-Rawah, Calatrava, frontera entre Oriente y Occidente durante más de 100 años, la llave que, arrebatada, provocaría la debacle sobre Toledo, la más cierta de las capitales.

La conquista de la entonces capital, en 1085, por Alfonso VI, marcaría a esta zona volcánica, lo que hoy es provincia de Ciudad Real, como tierra de paso de los reinos cristianos a los reinos andalusíes.  La pérdida de Calatrava pondría a las huestes almorávides primero, y almohades después, a las puertas de la gran capital cristiana desde tiempos visigodos.

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Tan ardua misión de contención, encomendada a la Orden del Temple, resulta cuanto menos suicida, y los caballeros templarios deciden abandonar, dejando un terreno a merced de la suerte. O de la locura.

Reunidos en Toledo el rey Sancho III y su séquito para tratar una solución, Raimundo, abad de Fitero, y Diego Velázquez, deciden ellos dos solos defender tales tierras. Nace la Orden de Calatrava._MG_5246

Y Calatrava La Nueva no fue otra cosa, sino la sede de la Orden, una vez las cosas volvieron a su cauce, tras de la Batalla de Navas de Tolosa, en 1212.
Y Nueva, porque hubo una Vieja, a orillas del Guadiana, en el término municipal de Carrión de Calatrava, desde la que se trasladaron.

Pero el castillo que nos ocupa, una de las mejores fortificaciones roqueras que hay, y posiblemente una de las más desconocidas, está situada en el Cerro del Alacranejo, en Aldea del Rey.

Allí se inició su construcción después de la Batalla de las Navas de Tolosa, y reconquistada la zona, a excepción, por curioso que parezca, del castillo de Salvatierra, justo enfrente de Calatrava la Nueva, y que fue entregado a la Orden ya en 1225, 13 años después de la batalla, que fue la gran debacle andalusí._MG_5411

Y parece mentira que siga en pie. En tan guerrera zona, ninguna batalla o escaramuza dañó la fortaleza, mitad castillo – mitad convento, en sintonía con la personalidad de los monjes-guerreros calatravos.
Fue un terremoto surgido a más de 500 km, el famoso de Lisboa de 1775, el que afectó gravemente la estructura, y que hizo que los ya por entonces solamente monjes, se trasladaran al vecino pueblo de Almagro.

Pero si bien fue el terremoto lo que dañó su estructura, lo peor fue su abandono.
Desamparado y desvalido, vivió más de siglo y medio de olvido, con la estocada de muerte de la desamortización de Mendizábal, hasta tiempos muy recientes, en el que este símbolo histórico fue ayudado a sobrevivir._MG_5088 _MG_5085

Otros no tienen esa suerte. Y no hace falta buscar mucho. Justo enfrente, su castillo hermano, Salvatierra. Los dos oteaban la Sierra Morena y vigilaban el complicado paso.
Salvatierra, el hermano mayor en cuanto a edad, vio 4 cambios de manos, construido por los musulmanes, arrebatado por los cristianos, vuelta a manos musulmanas, y vuelta de nuevo a los cristianos en 1225.
Testigo vivo de una Historia a la que nadie parece interesar, sufre el abandono debido al olvido y a la estupidez. Estupidez que permita que castillos que forman parte de nuestra identidad, como éste, pertenezca a manos privadas, de una finca aledaña, la de la Sacristanía, cuyo nombre deriva de la Sacristanía Mayor de la Orden, y a los que les importa bien poco ver morir este castillo, Patrimonio Histórico, que está en estado de ruina total.

Calatrava La Nueva, por suerte, sigue en pie, y nos regala maravillosos detalles, como el famoso rosetón de piedra volcánica de la iglesia, que conmueve, y empequeñece, o su campo de los mártires, que fue regado con arena traída de Tierra Santa para el descanso de aquellos caballeros calatravos que murieron en la noble hazaña de la Reconquista.

El regalo es poder pasear acariciando sus muros, pasear sin rumbo fijo por su castillo, por sus vistas. Deambular tantos años después, en una soledad solemne, con un sol que ahora mismo es de justicia, nos traslada a épocas remotas y llenas de leyendas y misterios. Es caminar por una historia muy desconocida pero a la vez muy verdadera.

La magnificencia de su iglesia, el haz de luz concreto e impasible que se cuela desde el rosetón hasta el altar, en señal iniciática de aquellos que conocían la ritualística esotérica antigua, las intrincadas escaleras de acceso a los pisos superiores, las saeteras, el horno… Todo guarda aún una atmósfera bastante peculiar.
La visita merece la pena se mire por donde se mire, las vistas son imponentes, el recinto progresa en su reconstrucción día tras día, y es una parte de nuestra historia que bien merece que vuelva a la luz, con el antiguo esplendor de esa rojada y lobulada cruz de la orden de Calatrava.

Y que nos siga acompañando mil veces más ese eco tan palpable de lo sagrado, de la Historia, y de nuestros antepasados.