Batalla Nabal o puerta a lo ancestral

enero 25, 2014 en España, Extremadura, Fiestas Tradicionales, Península ibérica

Atávica, ancestral, única. Son adjetivos que definen a una fiesta y a una tradición: Jarramplas, de Piornal.

El pasado lunes 20 tuvimos la oportunidad de encaminarnos hacia el pueblo más alto de Extremadura, a 1170 metros de altitud._47B0561

Un placer cruzar toda la comarca de la Vera, y, tras intrincados caminos y enrevesadas curvas, alcanzar el municipio, enclavado en el valle del Jerte, en las estribaciones de la sierra de Gredos, y cercano al famoso Monasterio de Yuste.

Allí, paciente, silencioso, bajo un manto blanco de nieve, se alza el pueblo de Piornal, orgulloso de mostrar al mundo su fiesta, de Interés Turístico Regional, y por la que disputan que sea de interés nacional.

Casi parecería que nos hubiésemos equivocado de pueblo. Nadie por las calles, solo nabos amontonados en diversos rincones, por cientos, por miles… con su fuerte olor correspondiente.

Nos adentramos en las calles, pequeñas y cortas, típicas de pueblo, y tras varios recovecos dimos con la Iglesia. Allí estaba la multitud, esperando que saliese el variopinto protagonista de la fiesta._47B0949 _47B0879

Tras una larga espera, varios petardos, y el leve repiquetear del tamboril que Jarramplas ha de llevar colgado, se abría la puerta de la iglesia, y tan pronto salía, como se cerraban de nuevo arrinconándolo ante el castigo al que iba a ser sometido.

Una lluvia de nabos se cierne sobre el curioso personaje de Jarramplas, de origen incierto en la mente extremeña, aunque la hipótesis más plausible confiere al Jarramplas como una representación de un ladrón que robaba ganado y comida, y al que los enfurecidos vecinos, al enterarse, buscaron y le tiraron todo tipo de hortalizas.

Sea como fuere, lo que representa es un pueblo unido luchando contra el mal, contra el diablo.

Y algo ancestral se mete en el alma del que está cara a cara con él. Un miedo irracional que llega al espinazo cuando Jarramplas de repente se mueve hacia tu territorio, con esos pasos lentos, esa máscara maldita, ese tronar del tamboril.

A caballo entre el miedo físico y el psíquico. El primero, por el claro peligro de que la multitud, enfebrecida, equivoque un tiro, o el fuego cruzado acabe haciendo mella, y el segundo, por ese extraño caminar, ese sentir del diablo caminando, ese sonido casi de espanto perdido en las hondas lagunas del tiempo.

Las huidas en tempestad se volvían complejas, peligrosas, para aquel que, a cara descubierta, camine o tropiece sobre ese fino mantel del jugo del nabo, entre correr y buscar una trinchera para guarecerse, intentando siempre sacar la mejor fotografía, como es nuestra pasión y nuestra obligación. Con miedo de acercarse, con esa adrenalina que provoca ver huir a todo el mundo y verse sólo, cara a cara, con esa figura extraña de Jarramplas, con la caterva en el otro extremo sucumbiendo al influjo ancestral de lo ritual, lanzando, imbuidos, más allá de lo que den las manos.

El cansancio físico por la lluvia de proyectiles merma en el intérprete de tan antigua tradición, que para  tomar aire o para que sus allegados, familiares o mayordomos, le limpien la cara o aprieten fuertemente sus atavíos. Tras unos segundos de pausa, se le vuelve a ceñir a esa máscara de entre 9 y 10 kilos de peso, y nuestro héroe, o antihéroe, salta, alza los brazos, jaleando a la multitud a que continúe con su singular juego. Miles de kilos de nabos golpean sin piedad el cuerpo de Jarramplas, que con gran orgullo, soporta, hasta que no puede más, momento en el que le quitan la máscara y es aplaudido por la multitud y manteado. Auténtico orgullo piornalego ser Jarramplas. _47B1171 _47B1026 _47B1007

Y aunque hoy debe ser francamente difícil de afrontar, debemos echar la vista atrás, en aquellos años, no hace tantos, en los que la única protección era ropa vieja superpuesta, en la que, eso sí, sólo recibía el impacto de los lanzamientos de niños menores de 14 años.

Hoy día, la indumentaria alcanza los 45 kilos aproximadamente, con lo que supone que entre el peso, y la potencia de los impactos, debe ser  una experiencia francamente extenuante.

Sería sencillo quedarse con la bestialidad, la animalada, del lanzamiento violento y brutal de miles de nabos, de un par de kilos o más algunos de ellos, contra un pobre personaje que intenta sobrevivir, mas no sería sino quedarse en el esbozo de algo que va más allá, algo atávico, arraigado a nuestra cultura, esa lucha contra el mal, ese diablo vigilante que pone la mirada en nosotros, o ese miedo irracional a algo que está fuera de nuestro alcance o entendimiento. Algo que engancha, que asusta, que nos conmueve, nos moviliza, nos estremece, y que es tradición, es ese algo que pervive en nosotros, una de esas puertas que nos conecta con lo fantástico, lo primitivo del ser humano, que en definitiva, es lo que está dentro de todos nosotros. La magia.

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