Alta Sagra (Tan cercano como el olvido)

noviembre 25, 2013 en Castilla la Mancha, España, Madrid, Península ibérica

Esta vez, la ruta la llevamos a lo cercano, a lo próximo, a la historia olvidada, desde el s.IV de nuestra era hasta el s.XVI… en una zona fructífera por aquellos entonces, y que hoy ha quedado de lado, en el discurrir del tiempo, a pesar de su cercanía a Madrid; sirviendo como muestra de pueblos cercanos a su deterioro folklórico y patrimonial en pos de la habitabilidad; a medio camino entre la villa capital, y la otrora ciudad principal del reino, Toledo.
Cartel de entrada al castillo de Batres
En esa zona de la Alta Sagra, a caballo entre ambos enclaves de poder, encontramos pueblos como Batres, último bastión madrileño, nuestra primera parada; un municipio bañado por las aguas del río Guadarrama, y que pocos sabrán, existe desde tiempos de los carpetanos, antes que los romanos invadieran la Iberia, hablamos de casi un milenio antes del nacimiento de Cristo.
Vista de la entrada del Castillo, hoy espacio dedicado a celebraciones privadas
Para sorpresa de muchos, bien cierto es que allí vivió y escribió un ilustre toledano, y más insigne poeta, Garcilaso de la Vega, y que, seguramente, desde su castillo creara grandes Égoglas y poemas que pasarían siglos más tarde a los libros de texto que todos hemos estudiado en la escuela.
De poco importa, porque el mencionado castillo no se puede visitar en la actualidad, además de resultar un recinto inexpugnable al estar rodeado de vegetación por los cuatro costados, constituye un perímetro privado, en el que se organizan distintos eventos como bodas y otras celebraciones, lo que veda la posibilidad de adentrarse a contemplar su antigua construcción.
Muy cerca de aquí, en las inmediaciones de Carranque, ya en la provincia de Toledo, se encuentra el Parque Arqueológico que lleva el nombre de esta población, y que, este sí, para deleite de arqueólogos, estudiantes y civiles de a pie, se puede visitar.
Palatium de Carranque

 

Restos del Ninfeo y leyenda
Este recinto romano, compuesto por el “Palatium”, el Mausoleo (Ninfeo), y la impresionante “Villa de Materno”, lleva escasos diez años excavándose y pudimos ver que el centro de interpretación tiene apenas tres años de vida.
Gracias a la fortuna, hay determinadas maravillas enterradas bajo el suelo que pisamos cada día, y que mediante labores como esta se pueden recuperar, no sólo para su contemplación, si no para profundizar en el conocimiento sobre nosotros mismos y nuestra historia.
Panorámica de las instalaciones de la Villa de Materno

 

Detalle de mosaico con el dibujo de las esvásticas y otros motivos geométricos y florales

 

Restos del mosaico al dios Océano

 

Detalle ampliado del mosaico a Océano donde se aprecian sus antenas de cangrejo
Para nosotros, no era la primera villa romana que visitábamos, pero siendo sinceros, hemos quedado impresionados por la gran cantidad de mosaicos, y el relativamente buen estado de conservación que hemos podido contemplar en la anteriormente mencionada “Villa de Materno”. Simplemente impresionante. Suelos casi perfectos, que llevan 1600 años esperando a enseñarnos que somos más de lo que nos dicen, que este suelo fue sagrado para comunidades enteras, para carpetanos, para romanos, árabes para los cuales la nuestra era “una especie de tierra prometida más allá del vergel andalusí”, y que en los últimos siglos parecemos haber olvidado por completo.
Columna perteneciente al “Palatium” y al fondo el moderno
puente de acceso peatonal
Parece que no miramos lo que hay más allá de la pantalla de nuestro flamante móvil, y hay mucho mundo detrás. Mundo que nos parece una inmensidad, un regalo, y está ahí, esperándonos, en perfectos mosaicos dejados tiempo atrás en una gran villa y que sólo dista a 40 km de Madrid.
Parece nimio pero es un gran hito que estos restos hayan aguantado durante siglos bajo el paso de diferentes culturas, que lo han cuidado con mimo, a pesar de que, a través de la historia se terminasen abandonando a su suerte, aunque, por fortuna y por su lejanía a otros enclaves más codiciados, no se hayan construido enormes centros comerciales u hoteles encima de estas maravillas, como habrá pasado en tantos otros lugares.
Permítanse un instante para reflexionar sobre esto, no es la primera vez que el poder económico-comercial termina haciendo sucumbir ante su yugo al patrimonio callado que permaneció en la oscuridad del tiempo, para, nada más volver a ver la luz, ser pasto de excavadoras que no harían mas que remitir sus ulteriores escombros al olvido. Sin remordimiento, sin piedad, sin escrúpulo.
“Sin Esquivias no hubiera existido el Quijote” Luis Astrana Marín / Casa de Cervantes
Pero no acaba la obra en tragedia, muy muy cerca, a tan sólo nueve kilómetros de este enclave tan fascinante, nos encontramos con Esquivias. La casualidad, o las causalidades, nos mueven para descubrir este lugar, y al ilustre protagonista que nos ocupa, para crear posiblemente uno de los iconos más recordados a lo largo de los tiempos… y a nivel mundial.
Y es que un tal Alonso Quijada, ferviente lector de novelas de caballerías, algo locuelo, y de orígenes inciertos; (Rumores de la época aseguraban que tenía procedencia judía; a pesar de que él juró y perjuró que descendería de calatravos y así hizo constar en su escudo de armas, exponiendo en casas aledañas su blasón junto a los emblemas de las órdenes militares hispánicas, como muestra de su limpieza de sangre, de cristiano viejo, y que todavía se conservan) parece que tuvo bazas, por la histriónica forma de regentar sus posesiones y su propia vida, a convertirse en el personaje de la obra más universal escrita en lengua castellana.
Sala de Tejer / Casa de Cervantes
Tal personaje residía en la citada villa de Esquivias, en un momento en el que el pueblo contaba con escasos 250 vecinos, una pedanía rural y de vida tranquila, donde terratenientes y plebeyos llevaban vidas resueltamente anodinas, vida rural.
Por casualidades o causalidades, fue invitado a residir en el pueblo un tal Miguel de Cervantes Saavedra, por aquel entonces escritor novel en Madrid. Nuestro querido ¿alcalaíno?, quien queda, irremediablemente prendado de una mujer, llamada Catalina de Salazar, sobrina de D. Alonso Quijada, y con quien contreaería nupcias, tiempo después, en la Iglesia Parroquial de Santa María.
Todo apunta, a que nuestro universal manco se inspira en la persona de Alonso Quijada (a quien nunca llega a conocer, pero del que indaga hasta la saciedad), para crear a nuestro inmortal Alonso Quijano, Don Quijote de La Mancha, humilde caballero con el noble propósito de vivir  para “desfacer entuertos, prodigar el bien y evitar el mal”.
Iglesia de Santa María, donde se casaron Miguel de Cervantes y Catalina de Salazar
Esta casa de Cervantes, donde también vivió, la que fuera la morada del tal Quijada, es una preciosa casona manchega (o toledana, podríamos puntualizar, ya que por aquellos entonces, y hasta mucho después, La Mancha era el término que hoy ocupa Ciudad Real) con grandes estancias, mucho encanto, utensilios de labranza, cocina, y diversos artilugios costumbristas, que aún hoy en día, usamos, aunque y para desgracia de nuestra propia memoria histórica, cada vez menos…
Vista desde el patio interior a la casa, comparte muros con la Casa de Cultura de Esquivias
Nos quedamos maravillados con su bodega y las cuevas para guardar las mastodósticas tinajas de vino, dependencias fundamentales para mantener los caldos a óptima temperatura.
Vista lateral de la bodega

 

Vista de la planta superior de la bodega con aperos de labranza

 

Galería norte de la bodega / Casa de Cervantes
Todo un descubrimiento para nosotros, que nos fascina, y anima a seguir encontrando estos pequeños rincones olvidados y desconocidos, si no para algunos, sí para la mayoría.
Y en ello seguiremos desde nuestra nave, recorriendo nuestras tierras, dos locos, que esta vez no van en burro, pero que cargan en sus modernas “alforjas y zurrones” el mismo amor y la ilusión de nuestros entrañables personajes.

Y es que, como diría Don Quijote, cada uno es artífice de su propia ventura.
Refrán extraído del quijote, pintado en tiza sobre una tinaja