Albarracín y el Teruel más auténtico

julio 13, 2015 en Aragón, España, Península ibérica

El día de hoy prometía. Llevábamos mucho tiempo detrás de conocer Albarracín, donde no habíamos estado ninguno de los dos.
Esa iba a ser una parada fija, lo sabíamos, pero, ¿Y lo demás?

A veces pasa que el tiempo se echa encima, y a nosotros, dependientes siempre de trabajos con poca organización, más.
Así que con todo, nos tocó preparar una ruta el día anterior.

¿Qué ver en Teruel? Teníamos claro que Albarracín, la capital , y guardábamos vagos recuerdos de pinturas rupestres por la zona. Tras buscar un poco de información nos quedamos abrumados, por todo lo que había que ver, pero como el tiempo es finito, aquí va nuestro recorrido del día.

Empezamos, tras unos cuantos kilómetros, que se hicieron largos, desde nuestro centro de operaciones madrileño, visitando Peracense.

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El pequeño pueblo tiene un interés especial, el de su castillo, espectacular, abrumador, en medio de un paraje tan fantástico como bonito. Una verdadera rareza de castillo construido sobre la roca del paisaje, un lugar en el que existió la huella del hombre desde la época de la Edad del Hierro.
Castillo musulmán, cárcel durante las guerras carlistas, la Historia alrededor del castillo es grande, pero nosotros nos dejamos engatusar por el lado más paisajístico del entorno, que anduvimos por medio de uno de sus tres recorridos, el de extensión corta (supuestos 500 metros, que en nuestra opinión no bajaba del kilómetro y pico) porque el tiempo apremiaba. “La larga” os llevará camino de una cueva que no pinta nada mal.

En Albarracín caímos después de largos tramos por carreteras secundarias (o terciarias), ingenio de nuestro GPS; con la única finalidad de coger información de la zona, principalmente de las cuevas rupestres, porque lo que es el pueblo, lo visitamos al atardecer.

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Cruzando el Ródeno, y dirección a Bezas, dejamos Albarracín camino de las pinturas de nuestros ancestros más antiguos.
En la carretera que une el pueblo con las susodichas zonas, dejamos a un lado el Trebuchet Park, un museo/exposición de armas de asedio, que prometía ser interesante.

Siguiendo la carretera, a pocos kilómetros, llegamos a un aparcamiento situado a la izquierda de la calzada. Allí están los abrigos de la Fuente del Cabrerizo, pero hay que andar bastante y decidimos hacer otras rutas, que nos conducirían a más abrigos. Por lo tanto, hay que seguir la carretera un poco más, hasta que veamos de nuevo otro aparcamiento, donde está el punto de información (cerrado cuando lo visitamos) y del que salen dos rutas, una hacia el oeste y otra hacia el este.

Recorrimos las dos, pero empezamos por el oeste. Allí, continuando el camino, está el abrigo de Los Cazadores del Navazo, el de Lázaro (grabado rupestre) y la pieza clave, el abrigo de los Toros del Prado del Navazo, una auténtica maravilla que impresiona. La pintura rupestre más clara y más perfecta que hemos visto nunca, con hasta nueve figuras animales. Siguiendo encontramos la del Tío Campano (domando a un caballo).
Todas estas obras son del Neolítico, que hoy en día enclavamos en las pinturas rupestres del Levante. _47B8530

Por la ruta este, encontraremos otros cuantos abrigos, con pinturas todos ellos, como la Cocinilla del Obispo, también muy recomendable. Es increíble la cantidad de abrigos que hay en esta zona. Y si explorásemos más el perímetro, encontraríamos otra gran parte de cavidades antaño habitadas en las zonas entre Albarracín y Bezas, aunque también en Pozondón, Ródenas o Tormón.

Y como vamos alternando la Historia como la naturaleza, ahora tiene más importancia la segunda en nuestro tercer destino, Calomarde.
Allí encontramos la Cascada Batida/Molino Viejo, una preciosa zona verde, donde, entre plantas medicinales, vemos surgir varias cascadas por las que el agua fluye y orada la piedra. Sin duda merece una visita, y si es posible, una parada prolongada y relajante.

Siguiendo el curso del agua, nos dirigimos a Frías de Albarracín. Pero… ¿qué tiene que ver este pueblo con el agua? Pues mucho. Allí nace el rio más largo de nuestra península, cortándola en dos de un Tajo. Nuestro caudal más patrio y potente nace en lo que es apenas una charca, donde los sapos y las ranas croan sin descanso.

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De vuelta, aunque ya habíamos echado un ojo, paramos a la izquierda de la carretera para ver algo que nos llamaba poderosamente la atención pero sin saber muy bien de qué se trataba.

Era la sima de Frías de Albarracín. Un inmenso agujero de 80 metros de diámetro y unos 60 metros de profundidad (tiramos una piedra y tardó entre 5 y 6 segundos en tocar suelo). En el Terciario o antes debió de ser mar, porque encontramos restos fosilizados de ammonites y moluscos (por favor, no destrozar el patrimonio).

En Frías de Albarracín nace también el rio Cabriel, principal afluente del Júcar, y que en Vallecillo, muy cerca, se pueden ver sus hoces y una cascada, aunque lo dejamos para otra ocasión.

Y por fin llegamos a nuestro destino, Albarracín. El pueblo hay que verlo y vivirlo, pasear por sus calles, visitar el castillo (donde también nos subimos a las murallas, desde donde hay unas vistas espectaculares) y ver el centro.

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Como monumento no tiene mucho más allá del castillo y de la catedral, pero sin duda lo más bonito es el pueblo en sí, ese encanto que tiene y que lo convierte oficialmente en Monumento Nacional, propuesto a la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, y en uno de los pueblos más bonitos de España, para la homónima organización. Damos fe de que es uno de los más hermosos. Seguramente el más bello que hemos visitado.

Recomendamos coger unas ruta que salen de cerca de la Plaza Mayor, que valen 3’50€ e incluyen una visita a la ciudad, entrada a una casona del s.XVII y una degustación. Prácticamente regalado. Quedaos a ver el atardecer para admirar toda la belleza del pueblo en todo su esplendor.

Ya sólo nos queda una última parada, que se nos hizo muy tardía, pero no queríamos irnos sin dar una vuelta por Teruel capital y pasear entre sus torres mudéjares, que constituyen una verdadera maravilla, su acueducto renacentista y su famosa Plaza del Torico.

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Tras un paseo nocturno por los alrededores de la Iglesia de San Pedro (donde están enterrados Los amantes de Teruel y que sin duda merece la pena (visitar por dentro) y dejar la Torre de San Salvador a un lado, salimos de la vieja ciudad, tan llena de Historia, tantas veces cruenta…  y finalmente ponemos rumbo de regreso a Madrid.

Teruel existe, vive y es imprescindible la visita a esta provincia, a veces tan olvidada, que nos depara tantas sorpresas como tiempo necesitamos para verla. Y sin duda, merece unos cuantos días de visita.